20 julio 2017

Kristen Dominique - Polos opuestos

Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share This



Después de años de escribir historias de y para otros, me convencí a mí mismo (no fue tarea fácil) de que ya era hora de escribir una historia que me perteneciera. No es sencillo elegir qué contar, supongo que éste es un problema que muchos escritores ya han enfrentado (acá es cuando mi mamá diría, no sos un escritor, sos un periodista, pero prosigo). Cuando de uno se trata, nada parece lo suficientemente entretenido o llevadero como para perder el tiempo en contarlo. Ésto no quiere decir tampoco que sea la persona más modesta, o quién sabe qué cosa, sencillamente suelen entretenerme más las historias de otros. Pero, aun así, después de mucho pensarlo, me decidí. Y me decidí por una historia de mi juventud, lo suficientemente lejana como para casi creerla ajena. La juventud, donde todo se vive a flor de piel y donde realmente creemos que todo tiene un verdadero peso. No busco bajo ninguna circunstancia desestimar o subestimar el relato que hoy le presento, querido lector, sólo busco contextualizar. Y para ser honesto, esta historia, hoy día puedo admitir, me marcó hasta la adultez. Si no fuera por este conjunto de sucesos, no sería la persona que soy hoy. Un periodista escéptico que no puede terminar de convencerse de que el amor no existe. La excepción a la regla, nada es legítimo, excepto el amor. Cíteme, si es necesario. 

Disculpe, mi querido, queridísimo lector, si me voy un poco por las ramas, es sólo que estoy encontrando un verdadero placer en esto de mostrar un poco de mi mismo, le estoy sintiendo el gustito, en fin, vayamos al grano. Esta historia, como toda historia, tiene su principio. Todo empezó cuando tenía sólo dieciocho años. Mis padres por un conjunto de factores, sumados a una buena oportunidad laboral, se vieron obligados a mudarse, y obviamente, yo me vi incluido. Así que los tres, en mi último año de escuela, armamos las valijas, llenamos el tanque del auto y nos fuimos para Mar del Plata, una ciudad balnearia en la provincia de Buenos Aires. Lo que para mí caracterizaba a Mar del Plata hasta ese momento, antes de mudarnos, era la estatua del lobo marino gigante. Debo admitir que, a pesar de los inconvenientes que trae recomenzar una vida en otro lado, estaba bastante contento. Esperanzado. La ciudad no fue nunca uno de mis paisajes favoritos y nadar me relaja. Así que después de dos semanas de habernos transferido, me vi arrancando las clases en una nueva institución. Nuevos amigos, nuevas calles, nuevos aires. No suena tan mal, ¿no? ¿Cuántas veces en la vida uno tiene la oportunidad de recomenzar? 




0 comentarios:

Publicar un comentario

Únete a nuestro grupo en Face